Drogas - Opiniones - PREVENCIÓN

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Esta Revista electrónica fue dirigida hasta marzo de 2003 por la Lic Patricia Sorokin. El material reunido se conserva a efectos de su archivo y cita

SRUR JORGE:

MAS PREGUNTAS QUE RESPUESTAS

 

JORGE SRUR 

Diputado de la Ciudad de Buenos Aires (Partido Nueva Dirigencia). Es Licenciado en Ciencia Política. Fue Director Nacional de Promoción Juvenil y Secretario Ejecutivo del Instituto Nacional de la Juventud; Vicepresidente de la Juventud Demócrata Cristiana de América; Investigador Social del Instituto de Estudios de la Fundación Mediterránea y consultor en diversos programas sociales. 

 

 

Confieso que no sé nada de la droga.

No creo que mi situación sea demasiado diferente a la de la mayoría de los políticos, con excepción de los adictos, los narcotraficantes y quienes los protegen. Eliminados los que considero exceptuados no sé cuántos quedamos. En Argentina, creo que -todavía- muchos. Aunque mi sensación es que somos cada vez menos.

Los que luchan “contra el flagelo de la droga”, sin embargo, son innumerables. Y los recursos que se destinan a ese fin son crecientes. Y aumentan en cantidad del mismo modo con que se reduce su eficacia. No está probado que invirtiendo más en campañas contra la droga un adicto abandone su adicción o un no adicto renuncie a la tentación.

Al contrario, pareciera que existe una relación directa entre inversión en planes contra la droga y el número de drogadependientes. Mientras más gasta el Estado, más ciudadanos se enferman. Así, o los que venden invierten en promoción de la droga  más que los gobiernos en su lucha o las campañas oficiales contra las adicciones son funcionales al consumo.

Intuitivamente, tiendo a creer más en esa segunda opción. Pienso esto por aquel viejo refrán que dice: “la mentira tiene patas cortas”. Y yo creo que, casi siempre, las campañas mienten.

 

La primera mentira deviene de una idea dominante: la de mostrar el final del camino de la droga y no la verdad total del camino. El dolor, la pérdida de conciencia, la separación de la familia, la destrucción física y psíquica. Es como querer luchar contra los accidentes de tránsito mostrando sólo el dolor de la muerte: en el medio está, también, el placer de la velocidad.

Según los especialistas más confiables y quienes vivieron o viven la experiencia, antes del final -o de cada uno de los finales- de ese proceso, hay un largo tramo -o muchos pequeños tramos- de sensaciones placenteras. Un adicto no es un masoquista que se autoflagela cada vez que se inyecta. Es una persona que siente placer y cree  que no hay mayor placer que ese. ¿Dejaría un enamorado a su amada por el solo hecho de saber que lo matarán o lo destruirán si sigue con ella? No lo haría. El terror aleja sólo momentáneamente. Pero no divorcia.

No creo que alguien deje la droga sólo por miedo, como tampoco creo que ninguno de los pilotos de Fórmula Uno haya levantado el pie del acelerador por más de unas horas tras la trágica muerte de Ayrton Senna. Se abandona la velocidad de las pistas cuando hay cosas que generan más satisfacción -el tiempo con los hijos, la práctica de otro arte o el desarrollo de una nueva habilidad- y que aparecen como capaces de brindar, como dirían los economistas, una mayor satisfacción marginal. Supongo que lo mismo debe pasar con las adicciones.

La estrategia del terror es la única que pueden llevar adelante los que no pueden ofrecer nada que compita en satisfacción con el placer de la droga: los que no pueden proponer al adicto nada mejor. Los que, por esa incapacidad, también se tornan poco creíbles: por qué la droga ha de ser lo peor, si no se puede demostrar que haya algo mejor. Veo a un desencantado con la vida y el país, Federico Luppi, diciéndole a su hijo “largá” en la película “Martín (hache)” y siento que la oferta es demasiado pobre como para ser comprada así porque sí.

La vida, si todo es lo que viene dado, el contexto, el mundo, no será para el adicto mucho mejor después de la droga que lo que fue para él antes de entrar en ella. Probablemente tampoco mejor que durante. Eso yo se lo diría al adicto o al “tentado”. Antes que nada porque, creo, es la verdad. Y la vida tiene de placentero no lo que te da, sino lo que te permite darle, modificarla, pelearle. Fuera de la droga no todo es alegría y amor: también es frustración, fracaso, desengaño ¡pero quién dijo que no valga la pena vivir esas sensaciones!

Una media verdad es igual a una media... mentira. Los programas oficiales que conozco contra la droga tienen demasiadas verdades a medias como para que la lectura -del otro lado del mostrador- no sea sino la de un conjunto de mentiras disfrazadas. O, por lo menos, no suficientes verdades como para cambiar de rumbo.

 

La segunda gran falacia es la del ejemplo.

Cualquiera sabe que la droga se consigue porque el poder así lo permite. Lo niega la ley de los parlamentos y los juzgados. Pero la autoriza y promueve la ley del dinero. No es posible que haya tanta droga circulando en países que no producen la materia prima si no hay demasiados cómplices en el poder político que lo difundan o habiliten. En Argentina o en cualquier país del mundo. Y, especialmente, en las principales potencias.

A esta altura nadie duda que existe un generalizado doble discurso del poder.

Uno, que ataca a la droga. Otro, que la convalida. Aquel, vive en los presupuestos oficiales, los convenios internacionales y el protocolo. Ese, en los códigos fácticos de la impunidad. No se ha detenido ni se persigue ni siquiera se ha puesto bajo sospecha a ningún zar del narcotráfico en un país como el nuestro que hace tiempo dejó de ser un simple lugar de tránsito.

Sabemos los nombres de diversas mafias que operan fuera de la ley: en el mercado de las carnes, en el postal. Pero desconocemos fehacientemente quiénes son las cabezas de distribución de estupefacientes ¿Serán muchas las organizaciones criminales? ¿O será que hay sólo una mafia? Sólo el poder político puede aclarárnoslo ¿Sabrá? ¿Querrá? Si no sabe quiénes son, ¿es realmente poder? Si lo sabe y no hace nada, es autor o cómplice. Si no es autor ni cómplice, está atrapado Cualquiera sea la opción, sólo nos queda preocuparnos.

El doble discurso toma forma de normas y decisiones administrativas. Unas son cada vez más duras para con los traficantes. Otras -por acto u omisión- liberan zonas en la organización de la seguridad interna o fronteriza. Un reciente informe del Departamento de Estado norteamericano (diario Clarín, Buenos Aires, 27 de febrero de 1998, cuerpo central, página 30) así lo confirma: “la Policía de la Provincia de Buenos Aires y el Servicio nacional de Aduanas han sido severamente afectados por acusaciones de corrupción generalizadas”.

Mientras algún pibe “pasado de vuelta” es detenido por  interminables horas en la comisaría del barrio, la protección aduanera y migratoria es un verdadero queso gruyère por cuyos huecos se filtra de todo. Desde los terroristas que hacen atentados alevosos hasta paquetes prohibidos con estupefacientes que luego circulan por los mismos lugares en que el poder es visitante frecuente.  De eso no se habla. Pero se huele. Y donde huele a podrido, es difícil demostrar que todo está en perfecto estado.

 

Si no sé nada de la droga, menos sé de dónde empiezan o terminan.

Pero temo que, como en tantas otras cosas, cada cual pensará que el problema empieza justo un escalón encima del que frecuenta. Para mí, tal vez en el tabaco, ya que no fumo. Para quienes no puede frenarse en el consumo de tranquilizantes, estos quedarán fuera del problema. Para unos empezará en el porro, para otros en la heroína. Supongo que hay indicadores más objetivos, científicos. Pero cualesquiera estos sean, nada determinará tanto la postura social ante el fenómeno como la intimísima decisión individual que cada uno tome frente al consumo de drogas, y no habrá código penal o sistema de salud que pueda convencerlo de lo contrario.

El punto de la penalización o no del comercio de drogas está ahí mismo, a escasos metros de la opción personal, la efectiva o la potencial, la del que dice “sí” o “no” o la del que dice un “no” aunque con cierto margen interior como para, sin cargo de conciencia, algún día transformarlo en “sí”.

Personalmente descreo que la pena, la ilegalidad del comercio, termine con el consumo: ni la pena de muerte termina con el asesinato, ni los códigos contravencionales con la gente sucia que tira papeles por la calle. Es posible que legalizar la droga, además de recaudar más impuestos, nos permita controlar mejor la calidad de los productos y tener una mejor información para la recuperación de las personas adictas, que, además, no tendrían que decir “soy delincuente” para ser atendido por un programa de recuperación. Pero me parece ingenuo que la legalización del comercio termine o disminuya el consumo. También me parece temerario afirmar que la ley, por sí, lo aumente.

Veamos el caso del tabaco: la curva descendente en el consumo es notoria mientras las restricciones (ya ni en los aviones de cabotaje permiten fumar) son cada vez más amplias. De todos modos, no sabemos si el éxito se debe más a las leyes limitativas o a las campañas educativas o a ambas cosas. Tampoco me parece que esto sea regla para cualquier otra adicción, sobre todo para aquellas que siempre estuvieron prohibidas.

Me da la impresión que consumir mala droga es peor que consumir buena droga pero no tanto como para canjear una política de desaliento a cualquier consumo –por ejemplo a través de las penas al comercio- por una de “elija la buena”: si un alcohólico toma vino que no respete la combinación del Código Alimentario probablemente termine mal antes que uno que consuma igual cantidad pero de buena bodega. Pero es sólo una cuestión de tiempos.

Conociendo la cultura fiscal de los argentinos, tampoco creo que la legalización elimine la circulación en negro. En todo caso, si un beneficio sanitario habrá será -pienso- absolutamente clasista: los ricos tendrán mayor seguridad de consumir buena droga y lo que deban pagar de impuestos tal vez sea menor de lo que hoy abonan en sobreprecio por la restricción legal a consumidores, policías y jueces. No creo que los que hoy se proveen en los sistemas de barrabravas o del delito pasen al circuito blanco de la droga: el predominio del mercado legal corresponde a sociedades con cultura de respeto a la ley y con desigualdades sociales y económicas mucho menos marcadas que las nuestras.

Como sea, aún cuando esto no se verifique y -por arte de magia- nos convirtamos todos en “legales”, despenalizar el comercio de drogas serviría –fundamental y, creo, casi únicamente- para que los enfermos dejen de sentirse, además, delincuentes. Pero, ¿podría pensarse que no delinque -en el sentido de tener conductas éticamente reprochables - el particular o el Estado que, aunque la ley se lo permitiese, produzca o distribuya elementos que destruyen física o psíquicamente a los que los consumen?. ¿Sería suficiente contrapeso ético el mero hecho económico de pensar que, vía impuestos, los que se enferman pagan su atención al sistema de salud pública? ¿Es acaso el de la droga un problema sólo de tipo individual, una simple cuestión de derechos civiles?.

 

Realmente tengo más preguntas que respuestas. Más que afirmaciones, me hago cargo de ciertas intuiciones, sin pretender que estas sean verdades incuestionables ni que desechen prueba en contrario. Son, apenas, un modesto intento de razonar con honestidad intelectual y esperanza de acierto.

Creo, así, que los consumidores no deberían pasar por un juzgado ni tendrían que ser perseguidos por ningún motivo para que, apenas al final, el Estado les provea atención y cooperación. La ley no debería dar ningún lugar a la detención de adictos, salvo que, como cualquier otro ciudadano, estuvieren realizando un delito. Consumir no debe ser un delito. Pero comerciar drogas, sí. Ganar dinero con la destrucción ajena debe ser un delito, sea el afectado un individuo -como en el caso de los estupefacientes- o una colectividad -como en el caso de los atentados contra el medio ambiente. Estoy convencido de que las redes de distribución existen más por la demanda de dinero negro y coimas del poder que por la demanda de consumo de los ciudadanos.  Mejor dicho, pienso que es más fácil frenar el consumo de drogas que acabar con la voracidad económica de los protectores (políticos, judiciales, policiales) de los narcotraficantes.

 

Siento, finalmente, a la droga como un gran dolor de nuestro tiempo. Más que como un proceso que nos aterre por la destrucción, la siento como un subproducto del desmoronamiento de un sentido de la vida compartido en las sociedades del fin de milenio. Aquello de la película “Transpotting”: “No elijo la vida; ¿razones? No hay razones”.  Producimos y especulamos, inventamos y copiamos, creamos y destruimos empleos, educamos o maleducamos, sin un por qué común. No hay un cosmos que construir como en la época de la Antigua Grecia, ni un horizonte trascendente que a todos convoque, ni el objetivo de edificar un Estado Nación o una sociedad sin clases o la Patria latinoamericana. La globalización de mercados y capitales es algo tan poco atrayente para los espíritus como insuficiente para los estómagos de los pueblos más atrasados.

El slogan de la actual campaña oficial de la Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico de Argentina es “Drogas: ¿para qué?”. Si en esta sociedad con derrumbe de valores y crisis de fines, la misma pregunta, bien a fondo y sin concesiones, se repitiera para otras cosas - “estudiar ¿para qué?”, “ser honesto ¿para qué?- tal vez sólo podría obtener un silencio como respuesta, tan vacío y triste como el del interrogante de la publicidad.

“Razones, ¿no hay razones?”, diría aquel muchachito del film.

 

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Última modificación:Lunes, 21 de Junio de 2004