Drogas - Opiniones - SOCIEDAD

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Esta Revista electrónica fue dirigida hasta marzo de 2003 por la Lic Patricia Sorokin. El material reunido se conserva a efectos de su archivo y cita

D’AURIA, ANIBAL*:

TANGO, MARGINALIDAD Y DROGAS.

 

El tango parece ser el producto cultural más auténtico del Río de la Plata[1][1].  En él se funden el culto al coraje de los antiguos criollos con la nostalgia sensiblera de los nuevos inmigrantes.  Pero el tango no es meramente un género musical; como producto espontáneo de una cultura marginal y marginada resulta plausible tomarlo como indicador de toda una forma de vida, de una constelación de valores y pautas sociales.

         Ahora bien, en este sentido, es decir, tomándolo como símbolo, el tango no ha representado siempre las mismas pautas sociales.  Quiero decir: si bien su origen es marginal, no toda su trayectoria lo es.  El tango que expresa marginalidad hay que buscarlo antes de 1930.  En este breve artículo intentaré rastrear, de manera exploratoria, la alusión a las drogas en letras tangueras.  Advirtamos que el tema desaparece en la producción poética de la famosa década de oro del tango, 1940  (es significativo que una de las más hermosas obras de Enrique Cadícamo, de 1941, que en un principio debió llamarse Los dopados, finalmente, por pruritos moralistas, adoptara el ambiguo título de Los mareados).

II

         Parece conveniente diferenciar las letras donde la mención a drogas, estimulantes o estupefacientes cumple una mera función metafórica, de las letras que aluden al tema de manera literal[2][2].  En el primer caso, los tangos suelen establecer una sinonimia metafórica entre el abandono y el efecto de las drogas.  Por ejemplo,   Recordándote, de José de Grandis, comienza:

         “Indignado por el opio

            Que me diste, tan fulero,

            francamente estoy cabrero

            Y jamás olvidaré

         Que una noche embalurdado

            Te juré que te quería

            Mucho más que al alma mía

            Y que a mi madre también”.

         En estos versos, opio significa olivo, raje; es decir: situación en que la mujer (en este caso) abandona a su pareja sin explicación ni motivo aparente[3][3].

         En Acquaforte, un famoso tango de protesta,  prohibido durante la década del 30, el autor presenta a un personaje harto de la vida nocturna y cabaretera:

         Las pobres milongas dopadas de besos

            Me miran extrañas con curiosidad.

            Ya no me conocen, estoy sólo y viejo.

            Que triste es todo esto, quisiera llorar.

         En esta estrofa el efecto de la droga (estar dopado) se asocia a un abandono; pero en este caso se trata de un abandono menos terrenal que el de la mujer amada; aquí lo que se ha abandonado es la realidad: ‘las pobres milongas’ se han evadido del mundo.  Por otro lado, sus miradas extrañas no parecen ser sólo por no recordar al protagonista, sino también por los efectos de la droga (y los besos!!!).

III

         Pero lo que me interesa en este artículo es la alusión literal a las drogas; no su empleo metafórico.  En este sentido, no son pocas las letras de tango que incorporan el tema.  Lo que intentaré hacer es ver bajo qué pautas sociales y valores morales lo hacen.  O sea: quiero determinar qué papel jugaban las drogas en el imaginario cultural de la marginalidad que expresaba el tango anterior a 1940.

         Veamos, para empezar, un tango de Manuel Romero: El taita del arrabal.  En este tango se cuenta la historia de un compadre que, del suburbio, asciende vertiginosamente a la vida nocturna y farandulera del Centro.  Temido por los hombres, buscado por las mujeres, el protagonista se afrancesa, viste de corbata, se hunde en el vicio y, finalmente, muere violentamente y humillado: su caída resulta tan rápida como su ascenso:

         “Pobre taita, cuántas noches,

            Bien dopado de morfina,

            Atorraba en una esquina

            Campaneao por un botón.

            Y el que antes causaba envidia

            Ahora daba compasión”.

         Pareciera que la droga marca un punto de inflexión entre el auge y el comienzo de la caída.  A la vez que expresa un símbolo de distinción, anuncia la destrucción de todo lo logrado[4][4].  Se drogan ‘los de arriba’; por eso es que la droga, en estos tangos, constituye un indicador del ascenso social; pero para aquél que proviene ‘de abajo’, también pre-anuncia la nueva y definitiva caída.

         En Micifuz, de Enrique P. Maroni, y en Noches de Colón, de Roberto Cayol, la droga ocupa el mismo papel.  En ambos tangos es signo de poder económico y exquisitez social, símbolo de refinamiento.  El primero de los tangos mencionados, dice:

         “Las cosas que hay en la vida

        Y que uno tiene que ver:

            El hijo de un farabute,

        El changador de la esquina,

        Dopado con cocaína,

        Pero si es para no creer.

        Todavía anda tu viejo,

        Pantalón y blusa azules,

        Campanenando los baúles

        Allá por Constitución”.

Lo que sorprende al narrador es la incongruencia entre el hecho de consumir cocaína y el origen social del protagonista.  En Noches de Colón la historia es diferente,  pero la vinculación de las drogas al refinamiento social y al poder adquisitivo es más evidente:

También los goces que da el dinero

En otros tiempos los tuve yo,

Y en las veladas del crudo invierno

En auto propio llegué al Colón.

Con los gemelos acribillados

Supe a las damas interesar,

Mientras lucía desde mi palco

El blanco pecho del negro frac.

(...)

Los paraísos del alcaloide

Por olvidarla yo paladeé

Y así en las calles como soñando

Como un andrajo me desperté.

En las grandezas que da el dinero

No pongas nunca tu vanidad,

Que mi fortuna fue como un sueño,

Y traicionera, la realidad.  

IV  

Quiero referirme también a dos tangos muy conocidos donde expresamente se menciona la droga.  En A media luz, de Carlos Lenzi, se describe un prostíbulo elegante, de alta categoría, situado en el Centro de la ciudad[5][5]:

Corrientes, tres, cuatro, ocho;

Segundo piso, ascensor.

No hay porteros ni vecinos,

Adentro: cóctel de amor.

Pisito que puso Maple,

Piano, alfombra y velador.

Un teléfono que suena,

Una victrola  que llora

Viejos tangos de mi flor

Y un gato de porcelana

Pa’que no maúlle al amor.

(...)

Juncal doce-veinticuatro:

Telefoneá sin temor.

De tarde, té con masitas.

De noche, tango y champán.

Los domingos es danzante,

Los lunes, desolación.

Hay de todo en la casita:

Almohadones y divanes.

Como en botica, cocó,

Alfombras que no hacen ruido

Y mesa puesta al amor.

Obviamente, el prostíbulo descrito ha de haber sido muy caro: muebles de Maple, teléfono, adornos de porcelana, etc.  Cocó es la expresión del argot para aludir a la cocaína; por eso, la frase ‘como en botica, cocó’ viene a significar: drogas como en farmacia.  La ubicación céntrica del lugar (Corrientes 348) puede dar una pauta de lo elegante que sería un sitio como éste.

El otro tango famoso que quiero recordar es Tiempos Viejos, de Romero:

Te acordás hermano que tiempos aquellos.

Eran otros hombres, más hombres los nuestros.

No se conocían cocó ni morfina.

Los muchachos de antes no usaban gomina.

Te acordás hermano que tiempos aquellos.

Veinticinco abriles que no volverán,

Veinticinco abriles, volver a tenerlos,

Si cuando me acuerdo me pongo a llorar.

En este tango no aparece ninguna alusión a la droga como toque de distinción social, pero surge un dato interesante que habría que verificar: la ausencia de morfina y cocaína en los ámbitos tangueros anteriores a la década del 10.   En efecto, Tiempos Viejos es un tango de 1927, y el protagonista recuerda con nostalgia su juventud, cuando los hombres eran más hombres, y la droga no campeaba en el ambiente del tango[6][6].

  V

Supongo que efectuar un relevamiento exhaustivo de todos los tangos donde se aluda, metafórica o literalmente, a las drogas, sería una tarea ardua.   En todo caso, no es lo que yo pretendía hacer en este artículo.  No sé cuántos habrá; sí sé que hay más que los que aquí he citado[7][7].

Mi intención era sumamente modesta: repasar algunas letras de tango, a los fines de generar alguna idea (tal vez hipótesis) sobre el significado de la presencia de las drogas en el imaginario tanguero.  En este sentido, creo que la tarea, si bien austera, no ha resultado estéril.   Más bien han surgido algunas consideraciones de interés.

En primer lugar hemos realizado una distinción entre: 1. una alusión metafórica a las drogas, y 2. una alusión literal al mismo asunto..  En el caso 1., la metáfora establece un vínculo entre las drogas o sus efectos y el abandono, entendido éste de la manera más amplia: abandono del ser amado, abandono de sí mismo o abandono de la realidad (huida, escape).

En cuanto a 2., pareciera que el consumo de drogas se vincula al poder adquisitivo, al ascenso social, a la vida liviana y despreocupada.  Pero resulta notable que, aunque marque un punto culminante del progreso individual de alguien, también marca el inicio de un declive, la caída hasta un nivel inferior del que se partió.  Si todo esto es correcto (o plausible, al menos) habría mucho que escribir acerca del tipo de marginalidad que el tango expresa: obviamente, en estos casos, no es la marginalidad obrera, ni siquiera es la marginalidad que algunos han denominado lumpen; sería una marginalidad difícil de conceptualizar a partir de categorías clasistas[8][8].

Además, habría que subrayar que el tema drogas nunca aparece bajo formas apologéticas (cosa que sí suele ocurrir con el alcohol).

Finalmente, quiero volver a subrayar que, curiosamente, a partir de 1940, época de oro del tango, la alusión a estos temas prácticamente desaparece.  Y desaparece no sólo con el auge de las grandes orquestas típicas y sus cantores, sino, con el esplendor de la poesía tanguera.  Las letras más bellas (tal vez) que dio el tango son de esta década; pero, inexorablemente, con la llegada del tango a los clubes y a las casas de familia, el público tanguero se transformó; el tango pasó a expresar algo más que la ojerosa marginalidad de los cabarets y los prostíbulos; se construyó un pasado mítico y se inventó un arrabal idílico poblado de heroicos cuchilleros (que como sospecha Borges, quizá no existieron)... Pero esto ya es otra historia.

  TANGOS MENCIONADOS* :

A media Luz (Donato y Lenzi, 1925).

Acquaforte (Pettorossi y Marambio Catán, 1931).

El cafishio (Iriarte y Canavesi, 1918).

El taita del arrabal (Padilla, Bayón Herrera y Romero, 1922).

Esclavas blancas (Pettorossi).

Griseta (Delfino y González Castillo, 1924).

Los mareados (Cobián y Cadícamo, 1941).

Maldito Tango (Roldán y Pérez Freire, 1916).

Micifuz (Avilés y Maroni).

No salgas de tu barrio (Rodríguez Bustamante y Delfino, 1927).

Noches de Colón (de los Hoyos y Cayol, 1926).

Recordándote (Barbieri y de Grandis).

Tiempos Viejos (Canaro y Romero, 1926).

 

 

 


* Agradezco la desinteresada colaboración de Carlos Rodriguez Moreno y Carlos Rodriguez Moreno (h).  Ellos me aportaron ciertas precisiones importantes para la redacción de este breve artículo.

[2][1] Creo que existen cuatro pilares del arte popular rioplatense: el tango, el lunfardo, el fileteado y el sainete.  Obviamente, el tango ha sido el más famoso producto de exportación, mientras que el sainete y el fileteado han desaparecido casi totalmente.  El lunfardo, en cambio, igual que el tango, ha sobrevivido gracias a su gran capacidad de adaptación, dando nacimiento a nuevas formas y giros del habla popular de Buenos Aires.

[3][2] Podría agregarse una tercera categoría, donde las letras insinúan el tema, pero sin llegar a la metáfora.  Por ejemplo en Esclavas blancas:

            “Almitas torturadas,

            pobres esclavas blancas del tango y la milonga;

            mujeres infecundas, autómatas del vicio,

            sin alma y sin amor”.

                O en No salgas de tu barrio:

            “Dejé al novio que me amaba

            con respeto y con ternura

            por un niño engominado

            que me trajo al cabaret.

            Me enseño todos sus vicios...”.

[4][3] Ya en un tango de 1918 se emplea opio de la misma manera.  Se trata del tango El cafishio:

            “...que me quiere dar el opio

            con un bacán a la gurda”.

[5][4] Y esto es válido no sólo para los compadres, sino también para las mujeres que ejercen la prostitución de alta categoría..  Quiero transcribir un soneto lunfardo de Carlos de la Púa:

            “Era una mina bien, era un gran coche,

            era un packard placé, era una alhaja:

            Auto que siempre trabajó de noche

            llevando siempre la bandera baja”.

            “Pero un día la droga la hizo suya,

            Y en vez de cargar nafta echó morfina.

            Y cerrando el escape por la buya,

            se fajaba debute en cada esquina”.

            “Ayer la vi pasar, iba dopada,

            Y me sentí - yo, curda - un santo Asís,

            Al ver que de su pinta abacanada,

            Pinta que fuera de auto de parada,

            Sólo queda, cual resto de chocada,

            con los cuatro fierritos del chasís”.

[6][5] Se sabe que este sitio no existió realmente, ya que el tango fue escrito en Montevideo por autores que aún no conocían Buenos Aires (ciudad a la que idealizaban).  No obstante, el tango conserva su valor como indicador del imaginario de la época.

[7][6] Tal vez, por la misma circunstancia que narra el tango, Borges pudo escribir en su poema El tango, los siguientes versos:

            “Una mitología de puñales

            lentamente se anula en el olvido;

            Una canción de gesta se ha perdido

            en sórdidas noticias policiales”.

[8][7] Sólo para mencionar algunos más:  Maldito Tango:

“...como esa música domina

con su cadencia que fascina

fui entonces a la cocaína

mi consuelo a buscar”.

Y Griseta :

“Y una noche de champán y de cocó,

al arrullo funeral de un bandoneón,

pobrecita se durmió,

lo mismo que Mimí,

lo mismo que Manón”.

[9][8] No estoy en condiciones de ensayar ideas al respecto,  pero creo que valdría la pena estudiar el tema desde una perspectiva más psicológica que sociológica.  Desgraciadamente no conozco estudios acerca de que tipo de personalidades frecuentaban la noche tanguera entre las décadas de 1920 y 1930 (No hace falta aclarar que estoy hablando de la gente anónima, no de los cantantes y músicos famosos de esos tiempos).

 

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Última modificación:Lunes, 21 de Junio de 2004