Drogas - Opiniones - PSICOANÁLISIS

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Esta Revista electrónica fue dirigida hasta marzo de 2003 por la Lic Patricia Sorokin. El material reunido se conserva a efectos de su archivo y cita

PUJÓ, MARIO E.*:

EL REMEDIO O LA ENFERMEDAD **

La medicación supone un límite virtual al alcance de la palabra, y una exterioridad, al menos temporaria, respecto de la acción transferencial. Interrogar al psiquiatra sobre la oportunidad y la finalidad de una medicación, intenta en la práctica superar la prejuiciosa exclusión de su empleo, o su recurso masivo y rutinario. Pero restringirse a esta interrogación, implica para el psicoanalista reducir su papel a validar o no el buen sentido de una prescripción, reduplicando en los hechos el punto de desentendimiento que caracteriza al médico moderno respecto de la demanda del enfermo, al incluirse su acción en el campo especificado por la ciencia. Pasar de lo que se erige como un límite al psicoanálisis, al psicoanálisis de ese límite, requiere en este plano tomar en cuenta en el médico lo inconsiderado de su propia posición.

Hay un aspecto del remedio que presenta una dificultad particular para su abordaje, al operar por fuera de las coordenadas que la medicina moderna reconoce como apropiadas a su campo, es decir, por fuera de los efectos físico-químicos, verificables, evaluables y cuantificables de la medicación.

Ocurre que desde que la ciencia se ha instalado a escala planetaria la práctica médica ha sido alcanzada por su universalidad, la universalidad de la ciencia. El cuerpo es desde entonces concebido como un objeto natural, uno más de los objetos del mundo, y por lo tanto, como un ente observable, medible, palpable, ausucultable, radiografiable, apropiado al estudio de las ciencias naturales. Correlativamente, el medicamento es entendido como un producto químico que tiene una acción determinada, regular y específica sobre los seres vivos. Es decir, como un agente capaz de desencadenar una serie de reacciones previsibles, mensurables, generalizables.

Sin embargo, en la correspondencia entre un cuerpo y un remedio situados en esta complementariedad se dejan de lado una cantidad de fenómenos, también comprobables, y que no sería difícil poner a cuenta de una emergencia del sujeto. Alergias repentinas, curas milagrosas, reacciones inmediatas a la ingesta y por lo tanto previas a su acción química, resultados sorprendentes a partir de substancias aparentemente anodinas, o, por el contrario, substancias potentes que demuestran a veces una acción inesperadamente neutra. Efectos paradojales, variaciones individuales respecto de las reacciones llamadas colaterales, falta de predictibilidad de la respuesta a las cantidades y a las dosis, en fin, toda una serie de hechos que suelen evaluarse en relación a una misteriosa "idiosincrasia", en el sentido de un temperamento particular, una predisposición. O que frecuentemente se atribuyen a la sugestión; término con el que, al modo de un comodín se designa y delimita efectivamente un enigma, pero no por ello se lo resuelve. Y tan amplio en sus alcances que, si químicamente toda substancia es virtualmente medicamentosa, desde la perspectiva de la sugestión, toda cosa, gesto o palabra , constituye un medicamento en potencia. La sugestión que sirve para explicarlo todo, deviene entonces ella misma de difícil explicación.

Situados en el plano del placebo, de la magia o la ilusión, estos efectos de sujeto, sitúan un campo en el que el médico se encuentra cotidianamente, al tiempo que se ve forzado a renegarlo por resultar excedente al punto de vista instaurado por la ciencia. Aún cuando ésta no ignore su incidencia y pretenda acotarla por medio de una ponderación estadística.

Ahora bien, reducir la relación con el medicamento a las reacciones físico-químicas que éste puede provocar en el organismo supone, en primer lugar, dejar de lado que el cuerpo no es sólo una máquina, en el sentido mecánico del término. El cuerpo es antes que nada algo que se tiene, algo a lo que el sujeto, el sujeto que habla, está identificado.

El cuerpo es una forma en la que el sujeto se reconoce, con la que se hace representar, pero que se mantiene a cierta distancia, que distingue precisamente lo que es del orden del ser de lo que es del orden del tener. Es un cuerpo para mostrar o esconder, alcanzado por el pudor, un cuerpo para el placer, o el dolor, que puede obtener placer en el dolor, en fin, un cuerpo libidinal, soporte de la más poderosa fantasmática inconsciente. Superficie de inscripción del lenguaje, es un cuerpo que ha perdido la inmediatez de sus relaciones con los objetos del mundo, y que, en su sintomatología, en su enfermedad, se demuestra capaz de desafiar las leyes que rigen al organismo.

El cuerpo del hablante es un cuerpo que habita el lenguaje, que sólo con él obtiene su unidad y también por él encuentra las líneas de su fragmentación; un cuerpo que, en tanto real, está irremediablemente perdido. Arrebatado al mundo de la necesidad, es un cuerpo desvitalizado y erogeneizado, sometido a la economía del deseo y compelido a las exigencias de la pulsión. Es este cuerpo sexuado, atrapado y mortificado por la lengua, el que los médicos manipulan. Y es en relación a él, a este Otro cuerpo, este cuerpo alter, alterado, que encuentra en objetos distintos a los naturales la fuente de cierta satisfacción, que el medicamento en su dimensión libidinal debe ser situado. Lo que supone inscribirlo en el plano de la falta de objeto, falta que la diversidad y la pluralidad de objetos que pululan en el mundo no hace más que revelar.

En el campo instaurado por la demanda, a falta de una naturalidad que ordene la relación con los objetos en los términos de la necesidad, ellos operan en el sujeto fantasmáticamente. Lo que nos obliga a considerar la satisfacción que el remedio como tal, como objeto reclamado, poseído, englutido, devorado, inyectado, introducido, penetrado por alguno de los orificios del cuerpo puede llegar a producir.

La fuerza de la persuasión al recetar, el poder inductivo de las palabras que acompañan la prescripción, las que se pronuncian, las que, por el contrario, se silencian, la letra chiquitita de los prospectos que la precaución aconseja sabiamente no leer, todo practicante reconoce cotidianamente su incidencia. La misma que constituye el objeto de un estudio exhaustivo por parte de los laboratorios.

La existencia de dos modos de designación del remedio, el del compuesto químico y el de su apelativo comercial, atiende en los hechos a dos modos distintos de eficacia. Se trata efectivamente de operar a nivel de la fantasía, reconocida por los fabricantes como un orden de realidad perfectamente operativo en el consumidor en contraposición al de la realidad orgánica de acción de la monodroga.

Cuando se recurre a la noción de una "relación médico-paciente", para explicar lo que primero se desecha, reintroduciendo como un factor exterior lo que durante siglos constituyó la medicina misma, se desatiende que esta relación, que inscribe en una conjunción de términos la idea de una reciprocidad, está afectada por una profunda disimetría. La que instaura la disparidad de posiciones que se plantea en toda demanda, entre aquel que pide y aquel a quien este pedido se dirige; demanda que habitualmente se efectiviza en circunstancias caracterizadas por el dolor, el sufrimiento, la enfermedad. Lo que hace que las expectativas del paciente en cuanto a lo médico excedan en mucho el reducido espacio de la objetividad al que el médico se encuentra preparado para legitimar.

Certificados de nacimiento, actas de defunción, la figura del médico despliega ante los ojos del profano su poder sobre un abanico de situaciones que le otorgan no sólo la capacidad de prolongar la vida sino también de administrarla. Por lo que su oferta ante lo que se le demanda la hace naturalmente soporte de una suposición de saber sobre la vida y sobre la muerte, que el temor, la angustia y la desesperación no pueden menos que incentivar.

Si el acto de medicar implica el intento de desentenderse de la transferencia, de su espera, de su desarrollo, de su interrogación, el medicamento no puede, por su parte, escapar a la eficacia de las determinaciones de esta transferencia. Algo que es sensible por ejemplo en los servicios hospitalarios, donde los profesionales rotan y los pacientes permanecen, a veces durante años, siendo la prescripción de un medicamento el soporte de una transferencia con el saber médico que se cristaliza en la institución, por fuera inclusive de sus accidentales agentes, que pueden faltar o variar.

Es en relación a esa transferencia que la medicación ha sido prontamente teorizada en psicoanálisis como un don, como algo que alguien da, el objeto que responde a lo que se pide, en un momento en que la incertidumbre hace que no se sepa muy bien, precisamente, qué es lo que se pide. Lo que sitúa al medicamento, -por otra parte, la mayoría de las veces efectivamente ingerido- en el terreno de la oralidad; es decir, en el plano en que se demanda al Otro, y el otro es Otro precisamente por ser el que decide lo que se demanda.

Sustento de una arcaica transferencia con la medicina, el remedio constituye, al modo del sacramento que instituye la hostia, el soporte de la incorporación del médico, de lo médico mismo. Relación evidente en la antigüedad cuando el propio médico debía proporcionar la pócima curativa, siendo su intervención personal considerada decisiva en la calidad de los efectos a obtener. Perspectiva que sitúa una suerte de dimensión alquímica del medicamento, por cuanto, es "la participación de la pureza del alma del operador en el resultado de su operación", lo que Lacan indica distingue la alquimia de la química a partir de Lavoisier.

Episodios como el de la "crotoxina" actualizan que el registro de lo médico no designa lo mismo del lado del sujeto que del lado de la ciencia, y que no hay naturalmente rechazo ni resistencia a la medicación, sino por el contrario, un espontáneo y apremiante impulso a su consumo. Lo que hace que la medicina que se reclama científica, por la vía de la farmacología que la fagocita, se halle en el origen de un flagelo al que denuncia horrorizada y que ella misma cultiva en su progreso.

Ocurre que entre los efectos físico-.químicos que una substancia puede producir, la relación que el sujeto establece con ellos -y que se debe contabilizar como una de sus consecuencias-, no se puede reabsorber ni predecir en esos exclusivos términos físico-químicos. Se trata de algo experimentado como una sensación, no forzosamente de bienestar, ni siquiera placentera, y a la que el sujeto puede apegarse. De consumo no siempre ilegal, los productos fármacológicos son los preferidos por los adictos, y su recurso más habitual. Que el hecho, lejos de declinar, parezca reafirmarse, atiende no sólo a las preferencias de un época, sino tal vez a una razón de estructura, tanto de la estructura productiva como de la del sujeto deseante. Si entre el médico y el paciente está el remedio, entre el remedio y el sujeto está el amo moderno, bajo la forma de un pseudodiscurso que tiende a su renovación permanente: capaz de reapropiarse de su producto como plus valía, y de relanzarlo como capital, encuentra el camino de renovarse incesantemente en una inagotable circularidad.

En un mundo delimitado por las esferas de la ciencia, multivitaminas y minerales, analgésicos, productos para las células, los huesos, el cabello, reducción de grasas, son ofrecidos en persuasivos envases. Lo que nos inclinaría a agregar los remedios a la lista de lo que Lacan denomina "lathouses". Es decir, fabricaciones de la ciencia, menudos objetos hechos para causar el deseo, que se encuentran en las vidrieras, en los estantes, en los escaparates. El mundo está cada vez más poblado de estos suntuarios gadgets que pululan, como pequeños objetos a. Desechos del discurso de la ciencia, productos del discurso tecnológico, insertos en las leyes del mercado, permiten atrapar la voz, la mirada, a partir de ingeniosos y simpatiquísimos aparatitos. Del mismo modo que las drogas permiten "ir más allá de los límites impuestos por la lógica de la razón", "los sentidos", "la resistencia del cuerpo", el desgaste y el envejecimiento físicos. Promesas de recuperación de lo perdido que reintegran al sujeto la ilusión de su unidad, y que por demostrarse cada vez más funcionales a una lógica liberal del individuo, tanto en sus exigencias de eficiencia como de esparcimiento, difícilmente encuentren motivos para detenerse.

El propio Freud estuvo envuelto hacia finales del siglo pasado en un asunto de este orden, cuando su encendida defensa de la cocaína en escritos francamente apologéticos, le valió hacia 1887 la acusación de ser uno de los responsables del tercer flagelo de la humanidad, considerando al alcohol y a la morfina como los dos primeros.

Hay en esta obligada decepción respecto de una milagrosa panacea, que inaugura el camino que conduce a la progresiva invención del psicoanálisis, algo que quizás pudiera constituirse en enseñanza para todo médico, y sobre todo para el concernido por el campo de la así llamada salud mental. Teniendo en cuenta que se tropieza aquí con la necesidad de una reflexión que presenta cierta urgencia para el psicoanálisis. La de, más allá de la ciencia, de la magia, o de la religión, elaborar un discurso que sea capaz de erigir a la inversa un límite frente a la medicación, y demarcar una frontera que permita la preservación de su propio territorio. Sobre todo cuando hemos asistido en pocos años a la disolución de un siglo y medio de descripciones y sistematizaciones psiquiátricas en beneficio de una semiología construida alrededor de la reacción a los psicofármacos.

La aparición de "síndromes" a la medida de un agente "psicosomático" asequible a su acción, todavía titubeante, señala de todos modos una orientación decidida, que afecta las distinciones estructurales de nuestra clínica. El "T.O.C.", el "panic attack", no son, en cierto sentido, más que una versión remozada del "stress", a su vez emparentado al más lejano "surmenage". Diversos modos con los que los agentes de los laboratorios se empecinan en designar las crisis del afecto que no engaña, indispensable al desarrollo de un análisis.

Ante las ilusiones de un mundo feliz -signado por la manipulación genética y el consumo diario de una droga del bienestar- el psicoanálisis no permite olvidar que la felicidad no le está prometida al hablante, al deseante como tal. Nos inclina más bien a recordar que entre el remedio y la enfermedad, la ética freudiana no vacila en elegir la verdad de la enfermedad, ante la hasta ahora vana pretensión del remedio de acallarla.

 * Mario E. Pujó. Psicoanalista. Director de «Psicoanálisis y el Hospital - Publicación semestral de practicantes en Instituciones Hospitalarias». Autor de «La práctica del psicoanalista» (Paradiso ediciones).

 ** Publicado en Poubellication Lacaneana Nº 4. Laberintos Editorial, Buenos Aires, 1993.

 

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Última modificación:Lunes, 21 de Junio de 2004